Dos al precio de uno
Enviado por Walter H. el día Miércoles 14 de Junio de 2006
 
El sábado pasado tuve unas “horas libres” a la noche y decidí entonces salir a “putear” hacia la zona de la Terminal de Ómnibus, lugar que en la mayoría de las veces suelo tener “buen pique”; el solo hecho de andar mostrándome y exhibiéndome para ser “levantado”, ya me produce una enorme excitación, que después, si llego a tener suerte, se traduce en un gozoso y placentero momento de sexo a pleno en el cual, como siempre, entrego el ciento por ciento de mí, para satisfacción tanto del “otro” como mía.
 
Los que ya tenemos mucha experiencia en el tema (tengo actualmente cuarenta años y “culeo” desde los seis), conocemos de sobra todos los códigos que al respeto, hay entre quienes utilizan la “Terminal de Ómnibus” para fines sexuales, independientemente de la condición de cada uno, así que después de deambular, de moverme y de andar por las instalaciones (como para decir “acá estoy, si alguien quiere”) y de intuir la probabilidad de un “buen pique”, me metí en el baño y me paré frente a uno de los mingitorios, para hacer como que meaba.
 
Al cabo de un breve instante “cayó” un tipo (con el que ya había cruzado un par de miradas en una de las galerías) e hizo exactamente lo mismo que yo; en estos casos es en los que entran en vigencia los “códigos” y el asunto es hablar poco e ir directamente al grano, así que una vez que, con nuestros silencios, comprobamos que ambos estábamos allí con el mismo propósito, yo le miré discretamente la entrepierna y el tipo me mostró, discretamente también, su poronga fláccida.
 
Una vez fuera del baño, me dirigí hacia una de las puertas de salida de la “Terminal” y encaré hacia la zona de la ex estación de ferrocarril; después de comprobar que el tipo venía caminando detrás de mí (a una distancia prudencial), me metí en un lugar para nada reservado, pero sí bastante oscuro y me quedé allí esperando al tipo, el que al cabo de unos breves minutos (que seguramente se tomó para “tantear” el ambiente), llegó y se metió también junto conmigo.
 
El lugar en cuestión no es sino un terreno en forma de triángulo, que se utiliza habitualmente como estacionamiento vehicular y que, en uno de sus vértices, tiene un paredón cuya altura máxima no supera el metro ochenta; de día por supuesto y por tratarse de una zona ciento por ciento céntrica, se convierte en una marea de gente y de autos que entran y salen, pero de noche se tranquiliza bastante aunque obviamente siempre con la probabilidad latente de que alguien llegase a entrar por cualquier motivo.
 
Sin pronunciar palabra alguna porque en definitiva no hacía falta, el tipo se apoyó contra la pared, ubicó las piernas hacia delante como para bajar un poco la altura y abrió por completo la bragueta, sin bajarse el pantalón ni siquiera un poquito; yo me arrodillé (una de mis posiciones preferidas) y comencé enseguida a chuparle la verga, que aún estaba muy fláccida, porque me gusta sentirla crecer dentro de mi boca.
 
Ya lo he reiterado en muchísimas ocasiones pero lo cierto es que las pijas a mí, directamente me enloquecen, me sacan de quicio, me alucinan, me fascinan, me hacen desvanecer, me hacen perder el conocimiento, me dan vuelta, etc., etc., etc.; una vez que empiezo a comerme una poronga no puedo parar, nada de lo hago me satisface por completo, siempre quiero más y más y esta no fue precisamente la excepción.
 
Chupaba, besaba, lamía, acariciaba, me la refregaba por toda la cara, le comía los huevos, toda su mata enrulada de “pendejos” e inclusive intenté pararle la lengua por el culo pero el tipo hizo un movimiento como para evitarlo; estaba tan desesperado que solamente un breve instante de raciocinio, fuera de la locura que yo ya tenía encima, evitó que hubiese clavado mis dientes a esa delicia de verga.
 
El tipo intuyó que no iría a ser para nada fácil sacar su pija de mi boca, así que, en un descuido de mi parte, se corrió hacia un costado de la pared y mientras lo hacía, metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó una cajita de preservativos; obviamente yo le di una mano para colocarse el forro y hasta le hice una última “mamadita” a su poronga enfundada, antes de bajarme el joggin y el slip (esa noche no me puse ninguna de mis tanguitas).
 
El tipo seguramente supuso que yo rápidamente me pondría en posición para ser penetrado, pero como yo ya se cual es la reacción de las personas cada vez que les muestro mi hermosa, preciosa y femenina cola, le hice un rápido “streep tease” para exhibirme y por supuesto recibí un cúmulo de halagos y elogios que hacen acrecentar mi ego al respecto, claro que, además de las palabras de admiración, recibí toda una gama de manoseos y de toqueteos, que mi hicieron “ver las estrellas”.
 
A esas alturas ambos ya estábamos muy excitados, demasiado calientes como para seguir con los “preliminares”, así que directamente ocupamos nuestros lugares, nuestras posiciones y el tipo me clavó de un saque, me penetró de una manera alucinante y enseguida comenzó a cogerme, a “culearme” tal y como yo quería que lo hiciese, mientras del otro lado del paredón, se escuchaba el andar de los autos (la pared lindaba con una angosta vereda y con la calle) y el esporádico pasar de la gente.
 
Todo tipo de sexo tiene su condimento especial, pero el hecho de estar cogiendo en un lugar no solo completamente céntrico, sino que además público es una de las cosas que a mí más me fascinan, tal vez por esa sensación de estar latente siempre, la posibilidad que ser sorprendidos por alguien, de que ese alguien además pueda llegar a ser un conocido y de un sin número de alternativas más y mientras yo seguía auto excitándome con todo ese entorno, el tipo acabó no sin antes y para mi suerte, haber estado un buen rato dándomela con todo.
 
Después de esa increíble cogida y sin hacer preguntas, comentarios o decir palabra alguna (tal como se estila en estas circunstancias), el tipo se fue por un lado y yo por el otro, ya con el propósito de retornar a mi casa y sintiéndome además plenamente realizado, pero no había hecho más que algunos pocos pasos, cuando escuché a alguien que “chistaba” a poca distancia de donde yo estaba; di vuelta la cara para mirar de donde venía el llamado y observé a un pibe que me hacía una discreta seña, desde el mismo lugar del que yo acababa de salir.
 
Me acerqué sigilosamente y “hete aquí” que el pibe en cuestión, resultó ser uno que también estaba en la “Terminal” y que, seguramente me había seguido hasta allí y aguardado además pacientemente que yo terminase de “putear”; “vaya noche de suerte”, pensé yo para mis adentros y me metí, junto con el “pendejo” al mismo lugar en el que me había cogido el tipo.
 
En voz muy baja le pregunté si nos había visto (coger obviamente) y el pibe me respondió que no, que se había quedado esperando por allí cerca, entonces directamente empecé a toquetearle la entrepierna y cuando me disponía a arrodillarme, el “pendejo” me detuvo e intempestivamente me abrazó y comenzó a besarme furiosamente en la boca; yo, en una actitud de pasiva sumisión, dejé caer los brazos al costado de mi cuerpo y me entregué por completo a los besos del pibe.
 
Después obviamente cogimos y como cogimos, pero eso seguramente va a ser material de algún otro relato, porque el solo hecho de haber estado escribiendo este, me ha producido una excitación tal que ya tengo en mis manos un delicioso “consolador”, el cual, después de darle alguna que otra lamina, me lo voy a introducir bien adentro del culo, tal y como lo hizo el tipo que me cogió cuando salí a “putear” por la Terminal de Ómnibus de mi querido y estima do Comodoro Rivadavia, el sábado pasado.
 
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