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Enviado por Guille el día Martes 19 de Diciembre de 2006
 
Que tal? Me llamo Guille, la historia que les voy a contar me sucedió hace
ya algunos años, cuando contaba con solo 13 años de edad. Para ese entonces,
era un niño muy inquieto, con muchas curiosidades, como cualquiera en esa
edad. Por supuesto, mi más grande obsesión era el sexo, algo por entonces
desconocido. La única experiencia que tenía era la adquirida al revolver los
cajones de mis padres cuando me quedaba solo en casa. Un buen día, encontré
algo que me hizo cloquear; en un estante del placard (bien escondida) había
una película triple x. Aprovechando que faltaban unas cuantas horas para que
lleguen mis padres del trabajo, decidí verla; fue algo que me cambio la
vida. Era realmente explicita, estaba enfocada al sexo anal, fueron cuarenta
minutos donde tres tipos se dedicaron a cularse a fondo a una chica. Al
terminarla de ver, acomode todo para que nadie se diera cuenta y, como si
fuera por instinto, me metí en el baño a darme una ducha. De más esta decir
que, más que bañarme, me dedique a pajearme hasta el cansancio. Esa noche,
no podía dormirme, cada dos por tres recordaba las escenas de sexo e
inmediatamente sentía una necesidad increíble de tocarme. Al otro día, ni
bien llegue del colegio fui directo a buscar la película, pero (gran
sorpresa) ya no estaba. Evidentemente había dejado algo fuera de lugar que
advirtió a mis padres a que debían esconderla en un lugar más seguro. Nunca
se hablo del tema, simplemente escondieron la película en un lugar
inaccesible. En mi afán por buscarla, revolví tanto que en ves de película
encontré algo más: era un conjunto de ropita interior femenina, bien sexy,
la cual estaba realmente bien escondida, y que mi madre la usaría en
ocasiones muy especiales. Estaba compuesto por una pequeña bombachita negra
(del tipo hilo dental), un porta ligas haciendo juego, unas medias súper
delicadas y un corsé con corpiño. Era similar a la ropa utilizada en la
película triple x que había visto. No se como se me ocurrió, habrá sido
fruto del inconsciente, me desnude por completo y comencé a vestirme con la
ropita encontrada. Primero me calce la bombachita, luego (como si lo hubiera
usado toda la vida) me puse el portaligas y las medias y, para finalizar, me
coloque el corsé. Me mire al espejo y no podía creerlo. Claro, pare esa
edad, cuando uno no esta desarrollado, es fácil parecerse a una niña; más
aún cuando yo era lampiño, con piernas bien formaditas, colita tipo tomate
bien pomposa y piel blanca. Ese día me toque a más no poder, acabe un montón
de veces. La rutina la repetí diariamente, cada vez avanzaba más, con la
ropita de mi madre imitaba las posiciones que había visto en aquélla
película; me ponía en cuatro patas, arqueaba la cintura y quebraba la
espalda, etc. Incluso, comenzaba a masajearme la entrepierna haciendo
presión con los dedos en la entrada de la colita. Por miedo a ser
descubierto, decidí no hacerlo más en casa, pero tampoco estaba decidido a
privarme de tan grato placer. Así decidí trasladar mi juego a un lugar más
seguro (después descubriría que no era así). En el edificio donde vivía,
había tres subsuelos con bauleros que nadie utilizaba, con lo cual decidí
que mi lugar sería el baulero designado a mi departamento (estaba en el
fondo de un pasillo, donde nunca había nadie y -por tal- fuera de toda
mirada curiosa). Para hacer de mi juego algo más propio, una tarde decidí ir
a una mercería y comprarme mi propio conjuntito sexy. Calculó que la
vendedora habrá sospechado, ya que no es nada normal que un nene de 13 años
se compre una bombachita de algodón blanco y un par de medias tipo
bucaneros. Con la nueva compra me metí en el baulero y me vestí de niña.
Estuve toda la tarde tocándome; cada día intensificaba más el juego, ya no
solo que me masajeaba la entrepierna, sino que me había comenzado a salivar
los dedos y a masturbarme la colita. Era una sensación única, me corría la
tirita de la bombacha y comenzaba a meter dedo (sin parar). Un día, decidí
probar suerte con un pepino, fue increíble. Así pasé todo el verano, hasta
que un día, entrando al edificio, me detiene el encargado diciendo que tenía
que hablar conmigo. Después de escucharlo, me puse a temblar; hacía tiempo
que se había dado cuenta de mi vicio (había visto todo). No se si fue por
compasión, o por el solo hecho de querer aprovechar la circunstancia, pero
me dijo que debía quedarme tranquilo ya que mi secreto sería bien guardado.
En cierta forma comenzó a calentarme el hecho de haber sido descubierto;
"pensar que ese tipo me había visto en cuatro patas, calzando solo una
bombachita y bucaneras y, como si eso fuera poco, dándome sin respiro con un
pepino". Por supuesto, no paso mucho tiempo sin que empiecen las indirectas.
Incluso, cada ves que llegaba del colegio el tipo me invitaba a subir a la
portería en el horario de descanso. La verdad es que yo tenía ganas, hacia
tiempo que me preguntaba como sería la sensación de ser tomado como una
putita. Podrán imaginarse, la incertidumbre duro poco. Un día, en el horario
de descanso, subí a la portería. Cuando el encargado me vio no se
sorprendió, lo primero que me dijo es que se imaginaba que no aguantaría la
calentura por mucho tiempo. Inmediatamente, me invito a pasar y me pregunto
si había venido preparado. Enseguida me baje el pantalón y me saque la
remera, por supuesto que tenía mi bombachita y mis medias bucaneras. El tipo
me recordó lo putito que era; me dijo que había conocido a muchos, pero a
ninguno con tan poca vergüenza. Enseguida me dijo que me ayudaría a
prepararme. Evidentemente, tenía gran experiencia, ya que lo primero que
hizo fue limpiarme bien con un enema. Cuando estaba bien limpio, me hizo
subir la bombachita y me llevo a su habitación donde me invito a tomar unas
cervezas. Yo que no tenía cultura alcohólica enseguida me puse alegre. El se
desnudo, se sentó, me pidió que me arrodille junto a el y, despacito, sin
ejercer demasiada presión, guió mi cabeza a su entrepierna. Acompañando los
movimientos con sus manos, hizo que poco a poco me empiece a tragar su
verga. Era la primera vez, el gusto me parecía exquisito, entonces comencé a
soltarme y le hice una mamada espectacular. Habrá sido instinto animal, pero
la verdad es que le chupe la pija en forma espectacular. Cuando le pareció
suficiente, me pidió que me ponga en cuatro y que quiebre la espalda;
cumplida su petición, empezó a masajearme el culo sobre la bombachita. Poco
a poco fue corriendo la tanga a un costado y empezó a lamerme la cola. Fue
la sensación más increíble, me estaba regocijando de placer, sentía sus
lengüetazos en mi ano, cada que vez que chupaba yo levantaba más la colita,
ya la tenía apuntando al techo. Luego, me dijo que me relaje y, con
lentitud, empezó a meter un dedo. Mientras yo me retorcía del placer el
decía que me haría su putita. Esto me recontra calentaba. Así se fueron
sumando los dedos, entre tanto, yo ya había acabado varias veces sin
siquiera tocarme el pito. Cuando se dio cuenta que estaba preparado, saco
sus dedos, se coloco detrás de mí y arremetió contra mi culo. Con extremo
cuidado me metió la cabeza y termino por meter todo su tronco. Lo primero
que sentí fue un dolor seco (cualquier que haya tenido un palo en el culo
sabe lo que digo), pero yo estaba acostumbrado, no por nada me había metido
un pepino en el orto durante varios meses. Cuando la tenía toda adentro
empezó el repiqueteo, mientras tanto mi dolor se convertía en placer. Me
garcho durante largos veinte minuto, yo me estaba desmayando de placer, le
respondía separando bien mis delicadas nalgas. Cerraba los ojos y escuchaba
el golpeteo de su pelvis contra mi trasero. Era único, mientras me la metía
me decía toda clase de chanchadas, Ej. "pendejito puto, como te gusta que te
la den por la colita, etc.". Lo que más me calentaba era ver la imagen que
ofrecía el espejo de la cómoda: yo estaba en cuatro (con la bombachita a un
lado), con las piernas bien abiertas, el me separaba las nalgas con sus
manos y me entraba como si estuviera en celos. Siguió así hasta que acabó
dentro mío. Fue increíble. Según el era el mejor putito que se había comido.
La cosa se siguió dando todos los días, me había convertido en su puta.
Incluso, si no garchábamos, le gustaba verme vestido como una putita en su
casa; haciéndole de comer, sirviéndole cervezas, etc. Otro día le cuento
come me enfiesto con tres amigos.
 
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