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Comenzó con un error del cartero (Parte I) |
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Enviado por Javier el día Miércoles 9 de Diciembre de 2009 |
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Desde que nos radicamos en el barrio, en Lomas de Zamora, acaparró mi
atención una vecina muy bonita: de buena estatura (1,76 mts), cuerpo con todo muy bien logrado, facciones bonitas y
cabello rubio largo. Sus hermosos ojos celestes, se encontraron en más de una
oportunidad con los míos, que la seguían a todas partes cuando coincidíamos
en la calle. Con el correr de los meses, mi esposa Laura y yo entablamos una
cordial relación con los vecinos de la casa casi enfrentada a la nuestra, calle
de por medio: Sandra, la rubia y Gastón su marido. Los cuatros transitamos la
primera mitad de los 30 años. No somos amigos, sólo buenos vecinos. Tenemos en
común el fusible de calle del suministro eléctrico, el cual durante un tiempo
tuvo problemas de contactos, que provocaron reiterados cortes de energía en
nuestras viviendas y, por consiguiente, consultas sobre reclamos a la compañía
y reuniones callejeras cuando llegaba la cuadrilla del servicio de
mantenimiento. Durantes las mismas, y en cualquier otro encuentro fortuito, nuestros
ojos, los de Sandra y los míos coincidían largos lapsos de tiempo ¿Se sentía
observada o ella también estaba interesada como yo por ella? No me atreví a
buscar la respuesta en los pocas coincidencias a solas que tuvimos en la calle.
A la tarde de un día miércoles de algo más de un mes atrás, Sandra resolvió mi
perplejidad. Me encontraba solo en casa, recién regresado de un viaje de 7 días
a Perú, por trabajo. Laura (con nuestros
dos hijos), aprovechó mi ausencia, para visitar a sus padres en Mendoza, “los chicos faltarán a clase sólo 3 días…..volveremos en el vuelo de la
noche, del miércoles” había argumentado. Alrededor de las 14:30 hs, sonó el timbre de calle. Antes de abrir, por
el panel vidriado de la puerta, vi que era Sandra la que había llamado. Dejados
atrás los saludos de rigor ella entró en tema o en el justificativo de su
presencia en mi casa: -
Javier, el cartero
dejó por error en nuestro buzón la factura de gas de Uds. Sabía que no estaban
y la retuve. De casualidad te vi llegar y te la traigo ¿Cómo te fue de viaje al
exterior? ¿Qué sabes de Laura y los nenes? – -
¡Uhhyy! ¿Queres que
te cuente todo en la puerta? ¿No preferís entrar? Tengo el aire encendido y
está fresquito adentro. – A esa hora de la tarde la temperatura en la calle estaba “pesadita”. Me tiré a la pileta. Se ruborizó, los dos estábamos turbados. Demoró algunos segundos en
responder: -
La verdad que….es más
seguro que seguir en la calle….y a al vista de vecinos chismosos…..- enseguida
agregó, como si recién descubriera la implicancia de la invitación: -
Pero ¿vos no estas
solo? – el color de las mejillas creció en intensidad. -
Seguro ¿No es un
valor agregado al fresco que te ofrezco? – repliqué intencionado -
¡Uhmmm!!! …me parece
que el fresco sos vos… e insensato por añadidura - - ¿Insensato? No. Sólo no soy rehén de la sensatez, la uso en su justa
medida. – -
¿Ahh siiiii? ¿Y cual es el metro que se debe usar para eso? - - Simple. No le bajes, por por sensata, la persiana a las ocasiones
prometedoras que suelen ponerse a tu alcance de vez en cuando. Pero....seguimos
en la puerta, ¡entrá de una vez – le tendí la mano para reforzar el convite. Titubeó algunos segundos, sus ojos saltaron repetidamente de los míos,
a mi mano y, de ella, a las lajas negras del piso. Por fin apoyó su mano en la mía y se dejó
llevar. - Bueno..... – mientras cruzaba el umbral, murmuró entre dientes. -
¿Qué puede pasar que no me haya ya pasado…? – No dejaba lugar a dudas:
estaba dispuesta a “jugar fuerte” -
¡Sentate, voy a
preparar unas caipirinhas ¿Te gusta? – -
¡Siii…me encanta!...- La invité a sentarse en el sofá, de cuatro cuerpos con tapizado blanco del
living, cuyo fondo claro resaltaba lo armonioso de su cuerpo. Me fui a la
cocina llevando, en mi retina, la imagen de sus largas piernas, que el
vestidito negro, corto unos centímetros
arriba de las rodillas, había dejado a mi consideración hasta la mitad de los
muslos. Los dos tragos los consumimos, sentados lado a lado, en el tiempo que me
ocupó contarle a grandes rasgos mi estadía en Perú, informarle que mi esposa y
los nenes estaban bien y regresarían esa misma noche tarde. Con esto último dejaba
en claro que, de mi parte, no había problemas de tiempo. Puse mi vaso vacío
sobre la mesita ratona. Ella, entendió
la alusión y acotó su disponibilidad temporal: - Gastón vuelve entre
las 7:30 y 8, pero a las 5:30 tengo que ir a buscar la nena a la escuela - Eran
apenas pasadas las 15:00 Hs teníamos poco menos que 2 horas. Me imitó poniendo
su vaso en la mesita y clavó sus ojos en
mis ojos, callada, con una expresión de “¿ahora que?”. Extendí mi brazo derecho con la mano abierta, con la palma hacia arriba,
y rompí el silencio: -
Sandra ¿sabes leer
las manos? – -
Nooo, ¿Qué tontería
se te ocurre? – -
Que pena porque
verías que ganas tiene esta de acariciarte – -
¡Ahh! ¿Siii? – se
ruborizó intensamente -
De veras - Le apoyé la palma en su mejilla izquierda unos
instantes y la fui bajando por el cuello -
Eso no está bien….-
protestó sin ningún énfasis Con la mano vencí fácilmente su leve resistencia acercando su cara a la
mía. Los labios se unieron en el primer beso breve, casi fugaz. -
….eso no fue
caricia….me parece….- musitó -
Cierto pero me
alborotó el ritmo del “bobo”. Dejame verificar que pasó con el tuyo - No se negó al segundo beso durante el cual la rodee con el brazo
izquierdo dejando libre la mano derecha que no demoró en cubrirle la teta
izquierda. -
¡Nooo!...no hagas
esto…te estás pasando… – se quejó pero sin hacer nada para frenarme. | ||
