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ALICIA… primera |
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Enviado por Robyana80 el día Miércoles 20 de Mayo de 2009 |
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Mi primera vez no fue tradicional ni
ortodoxa. Tenía 14 años y reales encontronazos con las matemáticas. Las cosas
venían mal para mi en esas cuestiones numéricas. Así que las broncas con mi
madre se multiplicaban y nos dividían. Se sumaban mis malas notas por lo que
solo restaba encontrar una solución extra escolar; haciendo un juego de
palabras patentizante de mi situación. Entonces un buen día mamá llegó de su
trabajo y me dijo: -“Te encontré una profesora particular que te va a preparar
para ver si te salvas de reprobar esa bendita materia. Mañana tenés que ir a su
casa para que vaya viendo en qué estás más ‘floja’”. Mi cara de culo debe haber
sido notable. “Floja” estaba en matemáticas… en TODO matemáticas. No me gustaba
y aparte no sabía a qué vieja pelotuda me tendría que aguantar. Al otro día, a la tarde, ya que yo cursaba
por la mañana; me dí una ducha, me vestí, agarré mi carpeta , un bolígrafo y
partí hacia donde mi madre me había indicado. No era ni muy lejos ni muy cerca,
por lo que me fui caminando, echando
mil puteadas y maldiciendo a las matemáticas, a las profesoras de matemáticas y
a todo lo que se me ocurriera putear. No puse ningún apuro al caminar pero
igual llegué a tiempo a la hora señalada: las 6 de la tarde. Iba tan metida en
mis pensamientos que casi me sigo de largo. Toque el timbre y esperé. Casi
enseguida la puerta se abrió y… La mierda! Qué impresión me llevé! Lo que se
plantó en el umbral estaba lejos de ser la vieja profesora que yo hubiera
imaginado. Debía medir como
1,80
mínimo,
morocha, piel blanca, ojos verdes. Su presencia jamás pasaría desapercibida. Un
sueter verde de hilo pegado al cuerpo reventaba allá arriba en un par de
tetas fabulosas. La pollera entallada
destacaba unas caderas formidables y piernas no menos llamativas. Entre
semejante figura y no ser lo que me esperaba encontrar, me quedé mirándola como una boluda hasta que me
dijo: -“Hola! Vos debes ser…” –“Ro… Roberta…
Hola! Miii madre me…” –“Si, tu madre me habló de que tenés problemitas con las matemáticas… pero pasá,
pasá por aquí!” Se dio la vuelta y la
seguí. Si las caderas eran anchas el culo no podía serlo menos. Mi abuelita!
Qué pedazo de mujer. ¿Quién no quisiera tener una figura como esa? Me llevó a
un gran comedor, me indicó una silla y me senté frente a ella mesa de por
medio. Comenzó la charla y entramos a ver en qué cuestiones de la materia me
hallaba más complicadita, viendo mi carpeta donde abundaban ejercicios mal
resueltos y exámenes pésimos. Ella sonreía y hablaba con la confianza de quien
sabe justamente de qué habla. Los labios carnosos, mentón firme, nariz algo
aguileña (o recta?), los ojos , la piel; todo conformaba un conjunto agradable
a la vista. Me hablaba casi susurrando como si no quisiera asustarme. Dicen que
las matemáticas son frías pero ella no demostraba ninguna frialdad, todo lo
contrario. Yo escuchaba su voz y por momentos entraba en un arrobamiento
extraño, como extraña era la sensación que esa mujer me provocaba. Pasó la hora
estipulada para la primera clase de reconocimiento. Me acompañó hasta la puerta
y me despidió con un beso. Su perfume me embriagó (como para citar una frase
“original”). Caminé de regreso a casa confundida y no ya por los números ni las
ecuaciones. Era la profesora la que confundía. Si hasta entonces me atraían los
chicos… por que esa mujer me ponía así? Yo sexo no había tenido hasta entonces.
Solo algún noviecito a corto plazo y ciertos roces de labios que
pretenciosamente llamaba besos, alguna pajita que no me había atrevido a “profundizar”
y nada más.
Los días se sucedieron. Nunca se veía a nadie más en la casa ni se
escuchaba ruido alguno en las habitaciones. Yo cada vez iba con más gusto todos
los días a las 6 de la tarde. Hasta empecé a entender las matemáticas y cuando
algo me costaba comprender, Alicia me tocaba el mentón o me hacía una leve
caricia y volvía a explicármelo. Gané confianza y empecé a quedarme charlando
después de la clase. Tomábamos alguna gaseosa y ella me halagaba diciéndome que
era bonita y que seguramente tendría mucho éxito con los chicos. Yo pensaba que
ella era una “yegua” impresionante pero no se lo decía así. Solo sonreía y me
ruborizaba. Tanta confianza que solía abrazarme y darme besos cuando decía
cualquier tontería que festejábamos como un chiste. Y a mí me agradaban esos
abrazos e incluso me dí cuenta que me excitaban. Durante esas charlas me enteré
que llevaba un año o un poco más de viudez y tenía 32 años. Llegó
el final del año, el examen final y lo
pasé casi sin contratiempos. Llamé por teléfono a mi madre al mediodía para
darle la buena nueva y le dije que me iría a casa de Alicia a contarle detalles
de cómo había sido la prueba. Abrió la
puerta apenas y me dejó entrar. Por poco me infarto. Tenía puestos un
pantaloncito corto y un top. Nunca la había visto con tan poca ropa. Mi sonrisa
de oreja a oreja no de jaba dudas… “Aprobaste???”, dijo mientras me tomaba la
mano y me llevaba al comedor de siempre. –“Vení, contame cómo fue… disculpame
la facha pero me levante tarde y todavía no me vestí. Estaba cocinando algo.
Qué bueno! Yo sabía que la ibas a aprobar. Vamos a la cocina o aquello se me va
a quemar!”. Ella revolvía y yo atropelladamente le contaba del examen. Estaba
casi siempre de espaldas y yo no podía dejar de mirar. Ese pantaloncito le
marcaba el culo como nunca lo había visto. Ese culo. Madre mía… Que culo!!!. -“Te quedás a comer? Dale, avisale a tu mamá
y te quedás”. Llamé y mi madre estaba tan contenta que dijo sí. Además no
tendría que cocinarme.
Almorzamos charlando animadamente. Había descorchado un vino porque… “a
esto hay que festejarlo!”. Y esas tetas
que querían escapar del top, como que corpiño no llevaba puesto.
Terminamos, la ayudé a juntar los platos y nos fuimos a sentar al sofá con un
helado cada una. Hablaba y lamía moviendo la lengua casi sensualmente. Hablaba
con ese susurro suyo, me acariciaba y yo que no estaba acostumbrada a tomar
vino… -“Uf!, esa comida y el vinito de dieron una modorra…!, y a vos me parece
que también!. Sonrió. –“Si, además que me levanté temprano…”, y bostecé. –“No
querés que nos tiremos un rato a dormitar?”. Me sorprendió pero con el efecto
etílico le dije –“Bueno, pero necesito una ducha… puedo?. Ah!, pero no tengo
otra ropa!”. –“Yo te presto algo!”. Me reí. –“Si, ya sé que te va a quedar
grande, pero es por un rato”. Me alcanzó una camisa larga. Fui al baño para
ducharme y cuando estaba tras la cortina Alicia entró. –“Me das tu ropa? La
pongo a lavar y para cuando nos levantemos va a estar seca. Pasé una mano y le
alcancé mis prendas. La oí salir, corrí
un poquito la cortina para verla y noté algo que me excitó de verdad. Mientras
se perdía por la puerta la ví llevarse mi tanguita a la cara para olerla.
Entonces sí que entendí. Esa mujer no me confundía. Sencillamente me calentaba
y mi 14
añitos erupcionaron haciéndomelo saber. Terminé de ducharme y me vestí con la
camisa de Alicia que me llegaba hasta la mitad de los muslos. Obviamente no
tenía nada debajo porque cualquier bombacha o corpiño de ella me hubiese
quedado ridículamente enorme. Dejé el baño y salí al pasillo. Cuando me vió los
ojos como que le brillaron. Bromeó: -“A mi esa camisa me viste… a vos te hace
sexy!”. Me puse colorada como un tomate. Ella también se duchó y se puso otro
conjuntito de ropa infartante. –“Bueno, vamos por nuestra siesta. Si no te
molesta compartimos mi cama que es ancha y en mi habitación tengo aire
acondicionado”. Nos acostamos. Ella con
su conjunto de short y top. Yo con la camisa que me tapaba lo justo. Me estaba
sintiendo algo nerviosa, alterada, excitada. Se puso de costado y me tocó la
mejilla. Todo dulzura. –“Cansada?” –“Un poquito” –“Sabés que de verdad sos
bonita?” –“Gracias, vos también”. Aunque avergonzada agregué: -“Yo… a mi me
gusta tu físico… no sé… debe ser genial tener ese cuerpazo de mujer!”.
–“Gracias!, a vos te falta todavía desarrollo y podés alcanzarlo!” –“Nooo. Yo?
No, que va…” –“Que sabés? Igual tu cuerpo no esta nada mal. Vas a ser una linda
mujer. Además…” –“Qué?” –“Nada… yo mucho cuerpo, mucho cuerpo pero estoy sola.
Desde que murió mi marido no tuve a nadie. No quise. No pude. Y un año pasa
rápido… menos para quien está sola” –“No te pongas triste. Yo estoy… quiero
decir… yo me siento tu amiga!” –“Yo se mi amor… pero es otra cosa… dale,
dormite un ratito. Me dí vuelta y quedé de espaldas a
ella. Acercó su cuerpo y me abrazó por la cintura. Mi cuerpo sintió el contacto
y quedó alerta, a la espectativa. Sentía su aliento en mi nuca. Bajó su mano
por mi muslo y me puse tensa. Lo notó. –“Tranquila. Me gusta tu calor. Necesito
sentir otra piel. Otro aroma… rico como el tuyo”. Mi cabeza era un remolino de
ideas y sensaciones. Me aflojé. Su mano bajo la camisa subió por mi cadera, por
mi costado hasta encontrar una de mis tetas. La abarcó con la mano para
apretarla despacito mientras deslizaba índice y pulgar hasta el pezón ya muy
duro. Me abrió la camisa. Acarició tetas y vientre. –“Vení conmigo!”. Me dio
vuelta para que me pegara a ella. El magnetismo de ese cuerpo no admitía
resistencia alguna. Quitó la camisa y volvió a estrecharme, acariciando mi
espalda en tanto me besaba la frente. Yo como anidada. Buscó mis nalgas para
acariciarlas, para apretarlas. Un dedo corrió lento por entre ellas. Me sentí
mojada. Se separó un poco para despojarse de su ropa. Quedó desnuda frente a
mi. Esas tetas poderosas, la curva de su cadera y el matorral renegrido. Ese
cuerpo… ese formidable cuerpo. Sus labios se apoderaron de un pezón, de otro.
Su lengua jugaba con los dos. Sorbía mis tetitas engulléndolas en su boca. Yo
ya herbía. Me acomodó boca arriba con las piernas flexionadas y se ubicó
enfrente. Se movía despacio. Felina. Una leona hembra. La mirada verde recorrió
mi cuerpito tembloroso y descargó en mis ojos el deseo. Deslizó sus manos por
mis muslos hasta la entrepierna. Sus pulgares separaron apenas los labios de mi
absoluta virginidad. Contempló extasiada. Se tomo su tiempo para inclinarse
acercando la cara a mi sexo empapado. Aspiró mi aroma rozando con la nariz mi
escasa pelambre púbica. Un diminuto beso sobre los labios más íntimos. Otro más
fuerte. Y de pronto su lengua recorrió mi raja juntando jugos. Levantó la cara
para mostrarme como los saboreaba. Sonreí gustosa en tanto acariciaba mis
propias tetas. Alicia volvió a la carga con su lengua profunda y hábil. Se mojó
el dedo mayor en la boca llena de jugos y saliva. Apoyó la yema en la puerta de
mi culo aún más virgen y lo empapó. Siguió jugando allí, dilatando mientras su
lengua lamía y lamía los labios enrojecidos y mi “botoncito mágico”. El dedo
ahora se adentraba en mi colita moviéndose en minúsculos círculos. Ni una molestia,
ni un dolor. Alicia era sabia… muy sabia. El ritmo del dedo se aceleró dentro
de mi culito ya abandonado al destino como el de la lengua en mi concha. Empecé
a agitarme y retorcerme apretándome los pezones. Sentí algo que veía desde allá
adentro mío. El mete y saca en mis dos huecos era un juego imparable y
delicioso. De pronto la respiración se me cortó y exploté entre gemidos y
sollozos. Era mi primer y verdadero orgasmo. Ella sacó su dedo pero siguió
lamiendo lánguidamente prolongando el placer. Mi cuerpo flotaba entre las
sábanas revueltas, recuperando la calma.
Se acostó a mi lado diciéndome cositas al oido, halagándome por mi forma
de gozar. Sus labios se pegaron a los míos y su lengua ganó mi boca, jugando
con mi lengua. Palpé su sexo. Mi mano resbaló en su miel. Ella la tomó para apretarla en su
concha e hizo que dos y hasta tres de mis dedos se incrustaran en ella. De a
poco me fue guiando para que la pajeara, en tanto mi boca, libre de su lengua
no daba a vasto para chupar y lamer la gloria de sus senos. Me fui deslizando
con la boca pegada a su vientre. El tajo bajo el pequeño bosque de pelos era un
manantial que mojaba sus nalgas, su culo y las sábanas. No quise que se
perdiera más de esa dulce jalea y chupé sorbiendo cuanto podía para degustarlo
hecha una experta golosa. Enseguida se dio vuelta, apoyó las rodillas y levantó
las caderas. Me quedé viendo el impagable espectáculo de ese portentoso, terso
y redondo ORTO. Desde las caderas hasta las nalgas eran todo curvas increíbles.
Los labios de la concha le saltaban de entre los muslos, dejando caer un hilito
de jugo. Entre los cachetes el agujerito apretado de su ano se vislumbraba
también brillante de lubricación prestada. –“Chupame el culito, bebe, chupamelo
por favor”. Ni resistencia ni rechazo. Mi lengua fue directo al hueco, haciendo
que Alicia soltara un suspiro tan largo como agónico. De repente me sorprendí
lamiendo, mordiendo y manoseando enloquecida. Su cara hundida en la almohada y
su mano hurgando los pliegues vaginales. –“Meteme un dedo en el ojete, meteme,
dale”. Orienté el más grande y lo fui entrando, retrocedí y volví a empujar.
Una vez… otra… otra más. Pero no era suficiente para tanto apetito. –“Meteme
otro, dale mi amor, así, cojeme con tus deditos, no pares, no pares”. El índice
y el medio juntos se le fueron culo adentro, jugando a la vez que le mordía las
nalgas. Menos el pulgar, todos sus otros dedos iban y venían por la voraz
concha abierta. Al momento un masaje veloz y certero sobre el clítoris la
llevó a un orgasmo interminable y
convulsivo. Su cuerpo se arqueó durante unos segundos para luego desplomarse en
la cama. Tuvo un último temblor y finalmente se quedó muy quieta. La fui
acariciando y besando por la espalda hasta quedar extendida muy pegada a ella.
Volvió la cabeza, me sonrió agotada y me besó. –“Gracias mi bebe… fue un polvo
maravilloso y lo necesitaba tanto!!!”. Nos quedamos dormidas por cerca de una
hora. Al despertar nos fuimos a la ducha y entre el agua que caía nos regalamos
mil caricias. Hice lo que me faltaba: degustar los sabores de su concha entre
el agua del baño y sus propios líquidos. Volvió a acabar una vez más, como lo
hice yo cuando me hizo apoyar contra la
pared con las piernas abiertas y ofreciéndole mis tesoros; a los que penetró repetidamente
con lengua y dedos. Nos abrazamos. Su dedo me ensartó el culito. El mío perforó
el suyo y nos quedamos largo rato haciéndolos jugar lentamente mientras nos la
arreglábamos para frotar nuestros pubis, diferencia de altura al margen.
Eran las 6 de la tarde; solo que en lugar de entrar salí de su casa,
previa despedida caliente puertas adentro. Me fui caminando felíz, como
flotando en el aire. Aquella noche me dormí recordando todos y cada uno de los
momentos vividos aquella tarde única y masturbándome con un inusitado frenesí.
Seguimos frecuentándonos por meses hasta que Alicia encontró un hombre que la
enamoró y yo me aparté. Me dolió pero comprendí (eso creo) su decisión; aparte
el hecho de que fue muy franca y leal al explicarme que era el rumbo que quería
darle a su vida, pero que nunca olvidaría lo vivido conmigo. Yo tampoco lo
haría y también mi vida tomó otros rumbos pero eso es otra historia. |
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